domingo, 17 de junio de 2012

Seminario XI

Variaciones sobre el encuentro  entre los sexos

Acaba de editarse …o peor (Paidós), el seminario XIX de Jacques Lacan y el último traducido al castellano. Dictado entre 1971 y 72, es el principio de un giro hacia la teoría de los nudos que el psicoanalista francés siguió hasta el final de su enseñanza, cuando dijo, el 12 de diciembre de 1978, “que no haya relación sexual, he aquí lo esencial de lo que yo enuncio”. Después, el Uno, lo real, el sinthome, serán conceptos disueltos en el infinito del goce femenino.

  Pablo E. Chacón


Si es cierto que el cachorro de hombre es un compuesto que incluye la historia de su familia materna y paterna, no parece disparatado pensar que el infans llega al mundo poco menos que preso y con el equivalente de una herencia en ocasiones demasiado pesada para cargar, que carga sin saber que le pertenece a los demás. Pero se trata de sobrevivir. Primero, acomodándose al pesebre que le toca en suerte, y más tarde, a darse la cabeza contra el no de los otros. Y construir así, paso a paso, la vía regia de una “autonomía” contradictoria que lo instalará, con suerte, en la neurosis y su incontrolable colección de síntomas. Esos síntomas quizá se transformen o desaparezcan si un deseo bien temperado lo empuja a quemar la casa sin garantías, sin seguridad de que la intemperie del afuera sea más soportable que la de adentro. Digamos que es una apuesta entre lo que hay… o peor.

… o peor es el título del último seminario de Jacques Lacan traducido al castellano. Y representa un punto de inflexión en la enseñanza del psicoanalista francés. Lacan, que convirtió al complejo de Edipo freudiano en estructura, mediante la lingüística y la teoría del significante, advierte sobre un más allá del síntoma que resiste a su disolución: eso es lo real. A su modo, insiste: hacer psicoterapia con el síntoma no evitará que lo real retorne como lo peor. Este es el punto donde el ideal científico de Lacan (grafos, topología, nudo borromeo, matemas, etcétera) se vuelve inequívocamente político. Es un punto de importancia decisiva porque al parecer impregnará la clínica psicoanalítica del siglo XXI. Y una respuesta política de Jacques-Alain Miller a su legión de detractores.

En el último congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), en Buenos Aires, Miller, cerrando el evento, invitó a pensar un título para el IX encuentro –que se celebrará en París en 2014: el desorden de lo real. Curiosa anticipación que en un reportaje concedido a este medio, ese hijo pródigo de Louis Althusser también haya hablado del goce, de la muerte y de la ausencia de proporción sexual.

¿Será que ya no se trata sólo del sujeto dividido por la represión o el no saber de un síntoma que insiste pero que puede descifrarse sino de una piedra de toque, sin sentido, indescifrable, absolutamente singular, eso, lo real, que decide la posición, activa o pasiva por fuera, por lejos de la genitalidad, del género y de la “identidad”, esas antiguallas para sufragistas de baño unisex?

Dice el psicoanalista Gerardo Arenas, traductor del seminario: “En principio, gracias a la reciente aparición de …o peor, el número de seminarios de Lacan publicados en castellano (quince) supera en número a los que siguen en espera. Pero hay varios motivos adicionales por los cuales celebrar la llegada del Seminario XIX al mundo hispanohablante”.

“Entre fines de 1971 y mediados de 1972, además de dictar su habitual seminario, Lacan dio en otro ámbito siete charlas sobre ‘El saber del analista’. Quienes frecuentábamos las desgrabaciones de las clases de ese seminario y del conjunto de esas charlas, nos topábamos con una gran dificultad: al leer cada serie por separado, ambas nos parecían incompletas, y si las mezclábamos intercalándolas por orden cronológico, la primera parte del producto resultaba incoherente. Por eso celebramos la decisión de Miller, quien estableció el texto intercalando sólo las cuatro últimas charlas y publicó aparte las tres primeras bajo el título de ‘Hablo a las paredes’, de próxima aparición”.

“El producto resultante plasma dos aportes clave de Lacan, vinculados entre sí. Medio año antes de dar comienzo al Seminario XIX, había mostrado la necesidad de introducir un cambio en la concepción de la experiencia analítica, en la medida en que ésta no puede sostener la absoluta primacía de lo simbólico sobre lo real. Y aquí vemos a Lacan dar el primer paso en esa dirección: cuestiona la existencia del Otro (campo del lenguaje y del deseo) y propone partir del Uno (marca real del goce en el cuerpo). Esta propuesta se condensa en el neologismo Haiuno”.

…o peor es un seminario central porque completa (pero no cierra) la operación de desmitologización del campo freudiano, ampliando su alcance, introduciendo la idea de que el síntoma que cifra al deseo es una defensa contra el goce. “Lo que parece una ley general es que los primeros encuentros con el goce del cuerpo dejan marcas que no se borran. Eso es curioso. Porque esos encuentros son contingentes. En las estructuras clínicas, el encuentro con el goce es algo desmesurado, no previsto”, dice Miller en el reportaje. Desmesurado al punto que suele ser una excusa perfecta para suturar la extrañeza susceptible de un encuentro –incluso sexual– con la otra especie. O en otros términos, el amor menos como una ilusión que como una experiencia de la diferencia radical.

“’Hay Uno’ (...) Entiendan: el Uno-solo. Solo en su goce (radicalmente autoerótico)”. “Aquí comienza la última enseñanza de Lacan (…) Lacan enseñaba la primacía del Otro en el orden de la verdad y en el del deseo. Aquí enseña la primacía del Uno en la dimensión de lo real. Recusa el Dos de la relación sexual y también el de la articulación significante. Recusa el gran Otro, pivote de la dialéctica del sujeto, le deniega la existencia, lo remite a la ficción. Desvaloriza el deseo y promueve el goce. Recusa el Ser, que no es más que semblante. La henología, doctrina del Uno, aquí está por encima de la ontología, teoría del Ser”.

Es una suerte de pasaje de la doctrina del sujeto dividido al Uno, o “partiendo de lo real”, al Un-dividualismo moderno, en sus términos, los de Miller.

Arenas anota que “el segundo aporte (del seminario) apunta a despejar cuáles son los modos estructurales de relación entre los sexos. Freud ya había señalado que el homo sapiens carece de un instinto sexual que guíe a cada individuo hacia algún partenaire del otro sexo, a tal punto que hombres y mujeres parecen pertenecer a especies diferentes (aunque puedan tener descendencia). Lacan resume esto en la fórmula ‘No hay relación sexual’, que indica la ausencia de tal programa instintivo en los seres que hablan: todo lo que supla esa inexistente relación surge de una contingencia y de una invención, lo cual socava todo intento de dar una definición (biológica, social, moral o religiosa) tanto de la naturaleza como de la normalidad. Lacan construye aquí, ladrillo por ladrillo, la estructura que enmarca las relaciones entre los sexos, y agrega, a la lógica de la excepción paterna descubierta por Freud (que rige a la posición viril), la lógica del no-todo característica de la posición femenina”.

Entonces, si no hay relación sexual, lógicamente, La mujer no existe, existen las mujeres. En otros términos: no existe intercambio, proporción, orgasmo compartido, Madre eterna, fusión original, por qué te fuiste mamita… Lacan sabía de qué iba la cosa. Y Freud se había definido contra (Carl Gustav) Jung, que en lugar de lo sexual, situaba la fuente del deseo en los reencuentros con unos “arquetipos” universales. Freud quería una nueva ciencia, no un retorno a la religión.

El místico que Lacan guardaba en su gabinete de “libertino” estaba por afuera de la religión: sus amigos eran Georges Bataille, Pierre Klossowski, Michel Leiris, Roger Caillois. Desde su posición como psiquiatra, jamás abandonó su interés por la “locura” femenina.

 El goce femenino, Lacan lo entiende como una suerte de desarreglo que la regulación fálica no puede capturar. “Hay un goce de ella, de este ‘ella’ que no existe y no significa nada. Hay un goce de ella del que tal vez no sabe nada, sino que ella lo experimenta, y esto, ella lo sabe. Lo sabe, claro está, cuando esto sucede”. Esa potencia en acto, que las fórmulas de la sexuación sitúan con claridad, lo empuja a purgar a Freud de los residuos mitológicos de su invención, que se detiene con una pregunta: ¿qué quiere una mujer? Seguramente algo que la posición masculina ignora. Pero si el encuentro se produce, será fortuito como el de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección.-      

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