sábado, 24 de septiembre de 2011

El Pendulo



EL PENDULO

El ser humano es como un albergue.

Cada mañana llega alguien nuevo.

Este es una alegría, este otro es tristeza.

Allí viene la mezquindad

y aquí una chispa de conciencia.

El pensamiento oscuro, la vergüenza, lo malicioso.

Puedes encontrarlos a la puerta, riéndote; invítalos a entrar.

Sé agradecido a quien viene,

Porque cada uno ha sido enviado

como un guía desde el más allá.
Rumi∗

Busca la sabiduría en lo imperturbable, si cambia no es real.

(Sabiduría Zen)

Nuestra existencia acontece como un péndulo que oscila entre estados de comodidad e incomodidad o, de manera más simple, entre el dolor y el gozo.

Para poder entender de manera práctica este concepto, tenemos que estar abiertos a experimentarnos a nosotros mismos como «madejas energéticas». La fuerza vital que nos forma y nos anima es muy sutil, susceptible de cambiar de estado continuamente. Al respecto, es importante recordar que hace ya varias décadas los científicos han coincidido en que materia y energía son lo mismo y que, por consiguiente, todo es energía y todo vibra en nosotros en una determinada frecuencia.
Hace miles de años, las enseñanzas espirituales de los sabios e iluminados de la India fueron llevadas a la China gracias a los maestros itinerantes del antiguo Tíbet. Ellos fueron los encargados de organizar y dar forma a los conocimientos que hoy se denominan «filosofía de Oriente».
Así, pacientemente, fueron elaborados y transmitidos los conceptos fundamentales de muchas de las teorías esotéricas que hoy conocemos.
En la China por ejemplo, estos maestros expusieron de manera muy simple su teoría de la creación del universo. Según ellos, antes de la creación, existía un estado primordial y omnipresente que denominaron «principio único». El todo y la nada estaban incorporados en él con todo el potencial latente de la creación. Luego, el Principio Único se habría dividido en dos frecuencias energéticos de igual poder pero de naturaleza opuesta y complementaria, que estos sabios llamaron Yin y Yang.
A partir de esa división surgió la creación toda: la tierra y el cielo, la luna y el sol, la noche y el día, lo femenino y lo masculino, el frío y el calor, la oscuridad y la luz, lo expandido y lo contraído, lo grave y lo agudo, y así sucesivamente, aplicando a partir de allí la teoría del Yin-Yang a todo lo conocido y por conocer. Un extremo no puede existir sin el otro. Para reconocer la luz necesitamos conocer la oscuridad y para saber lo que es el frío necesitamos experimentar el calor.
De manera similar, encontramos una versión del Yin-Yang (aunque más dramática y más poética) en el Antiguo Testamento, precisamente en el Génesis, donde Dios todopoderoso y omnipotente (el principio único) crea todo inclusive al hombre (Yang) y a la mujer (Yin) y les encomienda poblar la tierra y reproducirse (generar todo lo demás)
Si aplicamos el concepto de los opuestos energéticos y complementarios Yin-Yang a los estados emocionales, vamos a encontrar de un lado el dolor y el displacer extremados.
En el lado opuesto, el extremado gozo y el extremado placer.
Y no es probable que sepamos mucho acerca del placer a menos que alguna vez hayamos experimentado dis-placer, a menos que algo nos haya incomodado o nos haya impedido sentir el placer.
Es entonces cuando nos damos cuenta de cuán cómodos o cuán tranquilos nos sentíamos con determinada persona o en determinada situación.
La privación de lo placentero crea el contraste que nos permite saber cuánto deseamos aquello que nos hace sentir bien.
Por ejemplo, caminamos todos los días sin darnos cuenta de que lo hacemos ni de cómo lo hacemos, hasta que tenemos una piedrita en el zapato o nos lastimamos un pie.
Si transcurriéramos nuestra existencia humana como lo hace el resto de la creación, fluyendo naturalmente entre los opuestos energéticos de lo que se siente cómodo o «bien» y de lo que se siente incómodo o «mal», pasaríamos una parte de ella en la zona del «gozo», otra parte en la zona del «dolor» y el resto fluyendo a través de toda la graduación intermedia que existe entre el dolor y el gozo.
Sin embargo, en la práctica eso no es lo que ocurre. Nosotros, los seres humanos «civilizados» hemos olvidado cómo permitir que las cosas fluyan de manera natural. Nuestra mente racional está programada para controlar o resistir ese ciclo natural a través de una maraña de creencias y hábitos mentales y emocionales que conforman una identidad energética artificial (denominada ego en diversas corrientes de pensamiento) que sólo quiere y acepta el gozo y evita o rechaza el dolor. A través de este condicionamiento cultural, el dolor deja de ser una experiencia energética y pasa a estar asociado con miedo, queja, culpa, vergüenza, frustración, furia y muchos otros sentimientos negativos.


Es interesante observar que cuando las circunstancias son favorables para la identidad artificial (o sea, cuando todo sucede como nos gusta o según cómo estamos programados), nos sentimos intensamente felices y creemos que ese estado debería ser permanente. Energéticamente hablando, estamos totalmente entregados, oscilando con el péndulo hacia el tope del gozo.
Pero ahora: si dolor y gozo son mitad y mitad, ¿cómo se explica que haya habido tanto dolor en mi vida?, ¿cómo se explica que haya tanto sufrimiento en el mundo?
El péndulo, como tal, no puede permanecer todo el tiempo en la zona de la alegría y el gozo, sencillamente porque no es así como las cosas están diseñadas en este universo. Es natural que en algún momento se mueva hacia el centro y luego se desplace hacia el extremo del dolor. En ese continuum ubicado entre el gozo y el dolor es donde ocurre nuestra existencia, así como todo lo creado. Pero eso es precisamente lo que nuestra identidad artificial no está dispuesta a aceptar. Esa es la parte de la historia que rechaza y combate a muerte. Esto es así porque nuestra mente racional ha sido programada para evitar el dolor y recurre a todas las estrategias imaginables para resistir el movimiento natural del péndulo. Esta resistencia sólo sirve para retardar el curso oscilatorio, que a veces inclusive se estanca en el camino hacia el dolor extremado y pasa más tiempo en el lado del dolor, que es precisamente lo que se trataba de evitar. Así es como se perpetúa en nosotros la resonancia de aquello que estamos tan habituados a sentir: el sufrimiento, que es producto de la resistencia al dolor.
El péndulo no va a volver a su centro mientras no haya completado su ciclo.
De modo que cuanto más resistamos su natural fluir, más tiempo va a pasar en el lado que «se siente mal».
Esto explica que nos sea más familiar el sufrimiento que la alegría. De manera inconsciente, agotamos muy rápido las buenas sensaciones y resistimos las desagradables interminablemente.
La resonancia del sufrimiento o dolor perpetuado continuará, hasta que por fin nos permitamos experimentarlo, abrazándolo tal cual es. No nos tiene que gustar ni tenemos que estar de acuerdo con lo que está pasando.
Este paso es el corolario de un proceso que ocurre como consecuencia de tomar responsabilidad por la propia vida y aceptar lo que sucede.
Para muchas personas, esa aceptación tiene lugar cuando la identidad artificial que llamamos imagen de sí está debilitada y cansada de resistir la realidad y pelear contra ella.
En otros casos, la aceptación surge del proceso de hacerse amigo de la vida y tomar conciencia de que oscilar de un lado a otro del péndulo es un proceso natural.
Cuando eso sucede, ya no queremos vivir sólo del lado positivo del péndulo, porque hemos verificado que esa fantasía crea aún más sufrimiento.
Comprendemos que oscilar es una parte natural de la existencia como seres humanos y, cuanto más lo aceptamos, más rápido se mueve el péndulo.
Cuanto más rápido se mueve el péndulo, más imperceptible se hace la oscilación.
Los extremos ya no nos interesan y reconocemos que el punto central del péndulo es lo único que permanece firme y, por consiguiente, es el punto de poder.
El centro del péndulo es lo que atestigua en nosotros. Es lo que registra la experiencia y “se da cuenta”. No es “él” ni “ella”; no es “joven” o “viejo”.
Es simplemente el lugar de “darse cuenta”.
Y ese darse cuenta está atestiguando desde todas las partículas que conforman nuestro ser y nuestro sistema cuerpo-mente.
Está impregnando todo aquello que llamamos “bueno” o “agradable” y también aquello que llamamos “cruel” o “desagradable”.
Todo lo que existe, si existe tiene esa “presencia” que lo impregna. Si es parte del universo es parte de “la sopa energética que todo lo crea y todo lo es”
La batalla del ego contra «lo que ES» es una batalla perdida, de modo que, tarde o temprano, la aceptación y la entrega son inevitables.
Es sólo cuestión de tiempo: ¿años, vidas?.
Claro que se pueden librar infinidad de batallas, en una larga, desgastante y costosa guerra.
Todo depende de cuánto del tiempo de vida se quiera pasar en el frente de batalla y cuánto de la capacidad vital se esté dispuesto a pagar como precio.
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