sábado, 20 de octubre de 2012

Amor de madre

Te adoro mi bien, decía
lleno de insensato ardor
un hombre a su amada un día
y la mujer se reía del amante y del amor.
¿Qué prueba te daré bastante,
le decía el tierno amante,
para hacerte creer en mí?
y agregaba suplicante:

¿ qué quieres?,
por ti haré cuanto me cuadre;
con el nombre de mi padre
mi existencia te daré,
¿o quieres que abone mi fe,
con las joyas de mi madre?
Con desdeñosa sonrisa
miraba el hombre la hermosa
y su afán le aguijoneaba.
Y con su voz espantosa,
pero dulce y cariñosa
le dijo: Quiero probar tu pasión.
¿Qué quieres?, dijo el hombre.
¡ De tu madre el corazón!
Como si escuchado hubiera
el rugido de una fiera
un grito dio el hijo herido
y a su vez lanzó un gemido
que horrorizó a la pantera.

La hermosa criminal
de la lucha se apercibió
y del poder se armó
de su belleza infernal.
Soltó sus sedosos cabellos,
tan diabólicos como bellos,
brillar hizo en su mirada
luminosos resplandores,
y en la boca perfumada
de besos embriagadores.

Mas cuando quiso llegar
a la hermosa, lleno de pasión,
ella con voz espantosa,
pero dulce y cariñosa,
le dijo otra vez:
¿Y el corazón?
en el alma del doncel
lucharon el bien y el mal,
mas, vencido aquél
hízose el hombre un chacal,
y con ese paso veloz
que nos lleva siempre al delito,
fuese el hijo aquel tras la voz
de su impuro amor maldito.

Dormida la madre estaba
en pobre y triste aposento,
todavía brillaba una oración
en su aliento,quizás si esta soñaba
la buena y santa mujer
con el hijo que venía;
débil luz derramaba una lamparilla,
luz que encendió la ternura
de un cariñoso amor maternal
de ese que buscar procura
sombra para su puñal.

Acercóse al santo lecho
a tientas buscóle el pecho
que fuente fue de su vida.
Se oyó un gemido, un extraño ruido
como el que causa la garra
del león enfurecido
que carne viva desgarra;
después se escuchaba
la respiración que ahogaba
a aquel hijo criminal,
y la sangre que goteaba
de la punta de un puñal;
guardó el hijo el corazón
de esa madre asesinada
y enceguecido de pasión
corrió a llevarlo a su amada.

Aguijoneado corrió
por la fiebre y el deseo,
pero al llegar tropezó
y por el suelo rodó
con su espantoso trofeo.
Y al dar en el pavimento
ese ensangrentado lío
murmuró con tierno acento:
¿Te has hecho daño, hijo mío?


José Dicenta Benedicto
1862 -1917
 


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