lunes, 28 de noviembre de 2011

Cultiva la voluntad

Ya has preparado el camino. Todo lo que te falta es desarrollar la voluntad de mantener tu reunión con el creador interior: experimentar la comunión con Dios. Puede ser un encuentro físico o mental, o de ambas formas. Puedes llorar de alegría, temblar de emoción o estremecerte en el éxtasis. O pue­de que un día penetres sencilla y calladamente en la suave conciencia que ahora conoces.
Tienes conocimiento de la ilusión y de la realidad. Tienes conocimiento de tu ser y de Dios. Comprendes la Unidad y la individualización de la Unidad. Lo comprendes todo. Este conocimiento puede quedarse contigo, o aparecer y desaparecer. No te entusiasmes si permanece, ni te desanimes si desaparece. Sólo observa lo que ocurre y luego elige lo que deseas experimentar después. Se sabe de Maestros que en ocasiones han decidido no experimentar su Maestría, a veces por la alegría de volver a despertar en ella, y otras con el fin de despertar a otros. Por eso, a veces a los Maestros les suceden cosas que a ti, acostumbrado a juzgar, te parece que no debería ni podría sucederles si fueran "Maestros de verdad" Así pues, no juzgues ni condenes, pues tu Maestro puede estar muy cerca de ti este mismo día, en forma de indigente de la calle o de asaltan­te en el parque, y no sólo como el gurú que está en la cima de la monta­ña. De hecho, pocas veces se te presentará como gurú. Es raro que ustedes reconozcan al Maestro que se les presenta como tal, y a menudo le hacen reproches; El Maestro suele ser el que camina entre ustedes, con su misma apariencia; es el Maestro que tiene mayor repercusión De modo que debes permanecer atento, pues no sabes la hora en que llegará tu Maestro. Incluso puede llegar como lo que ustedes han deci­dido llamar un delincuente, que desobedece las leyes y costumbres de la sociedad, y es crucificado por ello. Mas después tratarán de recordar cada una de sus palabras. Si alcanzas la maestría o asciendes a ese nivel al menos parte del tiempo, también podrás ser juzgado, condenado y crucificado por la sociedad, pues es posible que los demás le teman, puesto que cuestionas lo que creen saber, o porque sabes lo que ellos no saben. Y el miedo convierte la observación en juicio y el juicio en ira. Te lo he dicho. La ira es el anuncio del temor. La ira de los demás será parte de su ilusión de quiénes son y de quién eres tú. De modo que el Maestro que hay en ti los perdonará, compren­diendo que no saben lo que hacen. Ésta es la clave para expresar y experimentar la Divinidad en ti: el perdón. Verás lo Divino de ti cuando perdones lo que crees que no es Divino. Lo mismo es necesario para ver la Divinidad en los demás. El perdón abre la percepción. Cuando te perdones a ti mismo por lo que tú y los demás no son, ex­perimentarás lo que tú y los demás sí son. En ese momento entenderás de verdad que el perdón en sí no es necesario. Pues, ¿quién perdona a quién? ¿y para qué? Todos Somos Uno. Esto proporciona una gran paz y reconforta profundamente. Les ofrezco Mi paz. La paz sea con ustedes. El perdón es sólo un sinónimo de la palabra paz en el lenguaje del alma. Lo entenderás profundamente cuando despiertes del sueño de tu realidad imaginaria. Tu despertar puede presentarse en cualquier instante y mediante cualquier persona. Por lo tanto, honra todos los momentos y a todas las personas, pues puede que tu liberación esté cerca. Será tu liberación de las ilusiones; será el momento en el que podrás estar con ellas, pero no en ellas. Habrá más de uno de estos momentos en tu vida. De hecho, tu vida ha sido creada sólo para ofrecértelos; Son los momentos de gracia, cuando la claridad, la sabiduría, el amor, la comprensión, la guía y la percepción se hacen en ti, a través de ti. Ellos cambiarán tu vida para siempre, y muchas veces cambiarán también la vida de otras personas. Precisamente uno de esos momentos de gracia te condujo a este libro. Por eso puedes recibir y comprender es­te mensaje. Es una forma de reunirte con el Creador. La has logrado con tu voluntad, tu franqueza, tu perdón y tu amor. Tu amor al ser, a los demás y a la Vida. Y, por supuesto, tu amor a Mí. El amor a Dios es lo que te trae a Dios. El amor al ser es lo que pro­duce la conciencia de esa parte del ser que es Dios y, por tanto, sabe que Dios no viene a ti, sino a través de ti. Pues Dios nunca está separado de ti, sino que es parte de ti El Creador no está separado de lo creado. El amante no está separado de lo amado. Ésa no es la naturaleza del amor y no es la naturaleza de Dios. Tampoco es tu naturaleza. Tú no estás separado de nada ni de nadie, y mucho menos de Dios. Esto lo has sabido desde el principio. Esto lo has comprendido siem­pre. Ahora, al fin, te estás concediendo el placer de experimentado; de vivir un auténtico momento de gracia; de estar en comunión con Dios. ¿Cómo es estar en tal comunión? Si en este momento te encuentras aun­que sea al borde de esa experiencia, ya sabes la respuesta. Si has hecho esa conexión durante la meditación, aunque sea momentáneamente, ya sabes la respuesta. Si has experimentado la increíble elevación que causan el ejercicio o la experiencia física más estimulantes, ya sabes la respuesta. En el estado de comunión con Dios desaparecerá temporalmente todo tu sentido de identidad individual, pero sucederá sin la menor sensación de pérdida, pues sabrás que sencillamente has realizado tu verdadera identi­dad. En otras palabras, la has vuelto real. Literalmente la has hecho real. Te inundará una dicha indescriptible y un éxtasis exquisito. Te sen­tirás unido al amor, uno con todo, y nunca estarás satisfecho con menos. Quienes han tenido esta experiencia regresan al mundo y a su vida de una forma nueva. Encuentran que se enamoran de todos los que se pre­sentan en su camino. Experimentan la Unión con los demás en asom­brosos momentos de Sagrada Comunión. La intensificación de la conciencia y el profundo aprecio de la natu­raleza los llevan a derramar inesperadamente lágrimas de felicidad con el menor motivo. Y la nueva claridad con que ven todo lo que los rodea los puede transformar. Con frecuencia comienzan a moverse con más lentitud, a hablar con más suavidad, a actuar con más bondad. Estos y otros cambios pueden durar varias horas, días, meses o años, o toda la vida. La duración de la experiencia depende sólo de la elección del individuo. Se desvanece por sí sola si no se renueva. Así como el bri­llo de la luz se desvanece conforme nos alejamos de ella, así se desvanece la dicha de la Unidad a medida que nos distanciamos de ella. Para permanecer en la luz, hay que estar cerca de ella. Para perma­necer en la dicha, hay que hacer lo mismo. Por eso te animo a que, mientras vivas tu ilusión actual, hagas cuanto sea necesario, cualquier actividad que te sirva para avivar tu conciencia día con día: meditar, hacer ejercicio, rezar, leer, escribir o escuchar música...­ Entonces estarás en el lugar sagrado de lo Altísimo, te sentirás eleva­do, y tendrás pensamientos elevados acerca de ti, de los demás y de la Vi­da entera. En ese momento, tú también crearás y participarás en la Vida como nunca antes.


Comunión con Dios Neal Donald Walsh
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